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Edorta Etxarandio

– EL RIDÍCULO HOMICIDIO DE BALDOMERO –

Noticia sobre el ridículo asesinato de Baldomero

Para comenzar con una historia de vida obviamente no tiene sentido fijar como inexorable hito inicial el propio nacimiento, tanto porque la evocación posible del nacido debe transcribir puros testimonios de referencia para dicho momento y bastantes posteriores, como porque la vida suele acumular la memoria de varias generaciones de ancestros, en las que nos integramos, formando la cadena de esa mínima inmortalidad que concede la filiación.

En mi caso vengo a elegir como un hito de interés inaugural en ese continuum genealógico el homicidio de mi bisabuelo Baldomero, al que mejor conviene, entre posibles adjetivos, el de francamente ridículo.

Los datos objetivos, que poco divergen de lo que contaba mi abuela Mari, la cual tenía ocho años y medio cuando los hechos, se recogen en la “Miscelánea Local” de El Pueblo Vasco del jueves, 30 de noviembre de 1922:

Periódico El Pueblo Vasco del jueves 30 de noviembre de 1922

La broma que se trueca en tragedia: el tiempo, de madrugada del 29 de noviembre de 1922, cuando los dos serenos, Baldomero y Eugenio, se retiraban del servicio a sus respectivas casas; el lugar, un cruce de estradas rurales de Retuerto y Lutxana; la ocasión, una broma que gastó uno al otro, fingiendo ser un ladrón -“Manos arriba, la bolsa o la vida”-; y el resultado, un tiro de pistola en el vientre para el absurdo bromista. La Gaceta del Norte del mismo día añade algún detalle, como que los intervinientes habían sido relevados en las oficinas de la Policía Municipal; que era frecuente que coincidieran en ese punto al volver a sus domicilios; que Eugenio era tuerto, y le vio su compañero venir distraído y soñoliento; que Baldomero le interpeló a unos diez metros; que el herido dijo a quien le disparó “Me has matado!”; o que Eugenio llevó en brazos a Baldomero, junto con otros serenos y vecinos, al Cuarto de Socorro. Es curioso el lenguaje forense que emplea el periodista de El Pueblo Vasco, al hablar de “violenta excitación” o “instintivo impulso de propia defensa”, lo cual parece el dictado de una declaración ante el juez de instrucción.  

Estos serenos pertenecían a la Guardia Municipal de Barakaldo, y hacía turno de noche por barrios. Nada qué ver con la figura del sereno de chuzo, que evolucionó del farolero, y que vigilaba de noche las calles de las ciudades, con llaves para abrir las puertas de las casas por pisos. Los del caso eran una policía local armada que patrullaban los barrios de un poblamiento disperso, en tiempos que, encima de la delincuencia común, se caracterizaban por gran agitación social y violencia política.

Siendo un encuentro entre dos personas del que una sale herida gravemente, sin más testigos, es de suponer que Baldomero no pudo proporcionar una versión propia en las apenas setenta horas que siguió respirando, ni ha habido forma de hallar un rastro del procedimiento de investigación penal que se incoó en su día, expurgado ya de los archivos judiciales. Aparentemente, la única versión es la del homicida. Puesto que Baldomero Echarandio murió con 35 años, en el hospital de Basurto el sábado, 2 de diciembre de 1922, según hace público la primera página de La Gaceta del Norte del día 3:

Noticia aparecida en el periódico La Gaceta del Norte el 3 de diciembre de 1922

La mujer era Eusebia Sasía Zugasti, la abuela Eusebia, y los cinco hijos, María Luisa, la mayor, mi propia abuela, y Antolín, Daniela, Vicente y Dolores. El alcalde del sepelio fue Rodolfo Loizaga, católico de la “fábrica” (la supeditación del orden político local a AHV llevaba a denominar a un alto empleado de la fábrica como alcaldable, sin mengua del respeto a los propietarios tradicionales o a los partidos), elegido en 1920, y luego en el cargo por Real Orden, y electo de nuevo hacía poco, aunque veterano en el consistorio, como concejal desde 1906.

No hacía tanto, un día soleado que fue 17 de septiembre de 1922, se había inaugurado el primer campo de fútbol de Lasesarre para el Baracaldo F.C.B., con un partido en que el equipo local se enfrentó al Athletic de Bilbao, perdiendo 1-3. Se avecinaba el golpe de estado del general Primo de Rivera.

El suceso es ridículo, como se relató. ¿Por qué se contaba en Barakaldo con un guardia nocturno armado tuerto? ¿Tiene sentido un gatillo tan fácil, ante una interpelación fuera de lugar, sin que se advirtiera la amenaza cierta de un arma, en lugar de una respuesta defensiva o un aviso previo del uso de la pistola? ¿Es posible que un guardia municipal con arma entendiera verosímil que a alguien le mereciera la pena el intento de robar lo que pudiera llevar encima cuando salía de su turno de trabajo de noche? Desde luego, no hay testimonio de que el herido fuera un bromista empedernido, y ni siquiera una persona especialmente alegre o atolondrada. Si fuera cierto, lo normal es que Baldomero, al llegar a la encrucijada en que solía encontrarse con su compañero, simplemente quisiera sacar a Eugenio de la distracción y soñolencia que le adjudica el relato de la noticia periodística, sin figurarse que iba a recibir por ello un disparo mortal a diez metros. En parámetros actuales difícilmente pudiera catalogarse el caso, incluso teniendo por veraz la versión indicada, de un modo distinto al homicidio gravemente culposo. La época era pródiga en muertes violentas, pero del tipo de atentados en caliente por enfrentamientos partidistas, y por ello, pudiera sospecharse de una explicación de esta muerte en motivaciones personales y políticas. Las elecciones locales de 1922 volvieron a situar a los nacionalistas a un solo voto de la mayoría absoluta de munícipes del ayuntamiento. A pesar de la escisión en el seno de EAJ-PNV, volvieron a obtener nueve concejales los nacionalistas, tenidos por “aberrianos” (en Barakaldo, precisamente en noviembre de 1922 surge una tercera formación escindida, el Partido Nacional Vasco), la “fábrica” había superado su escasa representación del mandato anterior y alcanzaron los seis concejales (dos jaimistas, tres conservadores y el católico Loizaga). El tercer vértice de este triángulo político era la minoría de izquierda, integrada por tres regidores socialistas, prietistas elegidos en un notable fracaso electoral, y un republicano.

Zona fabril de Barakaldo a principios del siglo XX

Funcionaba desde 1920 un pacto antinacionalista entre socialistas y republicanos para apoyar a la derecha dinástica, y después de suspendida la alcaldía por Real Orden, se reeditó en 1922. Los socialistas liderados por el veterano concejal Evaristo Fernández, en el ayuntamiento desde 1910, forzaron tres sesiones hasta que Loizaga consiguió sus votos, a cambio de lograr la primera, la tercera y la cuarta tenencias de alcaldía, de manera que los tres únicos concejales socialistas se colocaban en el gobierno municipal. La reticencia socialista para sostener a la “fábrica” en el ayuntamiento, desplazando a los nacionalistas, no estaba fundada en una oposición laboral, derivada del largo conflicto huelguístico en AHV, o en una oposición ideológica entre prietistas y los partidarios del frente anticaciquil. Era una estrategia puramente pragmática de obtención del máximo poder real. El diario Aberri ponía: “¿Qué les da el compañero Loizaga a estos ciudadanos universales para que se le muestren tan sumisos y obedientes? Les da, todo lo que se puede dar en estos casos: guardias municipales diurnos y nocturnos, terrenos comunales, clientes, etc.?” A diferencia de lo que había ocurrido en el periodo 1918-1920, los nacionalistas habían visto debilitada su posición, tanto de cara a la pertinaz violencia política callejera, como ante la represión gubernamental, puesto que con el pacto antinacionalista habían perdido el control sobre la policía municipal. Rodolfo Loizaga había destituido al cabo de la Guardia, nombrado por Juan Garay, el cual fue cacheado por orden del juez municipal durante la sesión de constitución del ayuntamiento en 1920. Baldomero parece que accedió al puesto de guardia municipal por la influencia de su hermano pequeño, Vicente Echarandio, que era funcionario del ayuntamiento (lo fue durante 20 años, llegó a jefe de negociado de la Intervención, mano derecha del que en la dictadura de Primo de Rivera sería secretario municipal, el carlista Ramón de Llantada). Y Vicente era militante del PNV (en 1922 en Barakaldo, inclinado por la minoría favorable a Comunión).

No sé si Eugenio Rodríguez fue guardia municipal nocturno de la cuota socialista, y Baldomero Echarandio de la nacionalista, ni si pudo haber rencilla política o algo personal agregado entre ellos. Lo único que ha llegado hasta hoy es una muerte ridícula y la exoneración del homicida, que dejó a la abuela Eusebia viuda de 33 años con cinco niños, aunque, eso sí, también con unas pensiones del ayuntamiento, de viudedad y orfandad, lo cual no era, ni mucho menos, una previsión social instaurada con generalidad en aquellos años.

Si fuera una ficción este homicidio no sería creíble, pero la realidad siempre la supera, también en la incredibilidad objetiva.

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