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Edorta Etxarandio

– CAPRICHO EN MEDIO DE LA GUERRA TOTAL –

Firma Richard Strauss

Un momento fascinante de la memoria humana tiene que ser el estreno de Capriccio en el Teatro Nacional de Munich la noche del 28 de octubre de 1942, la decimocuarta y última ópera de Richard Strauss.

Toda una generación estaba empezando a sucumbir en Stalingrado, justo cuando la gran ofensiva alemana lanzada para completar la conquista de la orilla occidental del Volga perdió todo su impulso, debido al desgaste de las tropas y la escasez de municiones, y se vinieron abajo las 79ª y 94ª Divisiones de Infantería del 6º Ejército del Reich, y entonces, el anciano Richard Strauss estrenó a los 78 años lo que llamó una pieza conversacional para música.

Es seguro que acudirían a la sede de la Bayerische Staatsoper, el propio autor, y el carismático libretista Clemens Krauss, quien era el director musical (la idea, basada en el libreto que escribiera Casti para la ópera de Salieri Prima la musica, poi le parole, representada el 7 de febrero de 1786 en la Orangerie de Schoenbrunn, se la dio años atrás a Strauss el escritor Stefan Zweig, pero debido a la prohibición de publicar en la Alemania nazi hubo de declinar desarrollarla), y es de suponer que concurrieron las máximas autoridades civiles y militares. Fue un éxito rotundo.

Teatro Nacional de Munich
Teatro Nacional de Munich

Este Teatro, con edificio de toques neogriegos, en el que Richard Strauss había sido director general de 1894 a 1898, iba a ser destrozado por un bombardeo aliado el 3 de octubre de 1943. Ruina que precisamente inspiraría la obra Metamorfosis compuesta en 1945, junto con la de demás grandes teatros musicales alemanes, y en definitiva, de la cultura alemana.

Generalmente se tiene a Capriccio como el testamento operístico de Strauss, quien se despidió con un divertimento de alta calidad lírica y resabios mozartianos, de concepción ligera, propia de un viejo sabio bondadoso. La acción se sitúa en un castillo cerca de París, hacia el año 1775, momento en el que Gluck comenzó su reforma de la ópera, queriendo rescatarla del desvarío del virtuosismo “piccinnista”. Se trata de una ópera dentro de la ópera. Una fuga culta.

La condesa Madeleine, encarnada por la soprano especializada en heroínas straussianas Viorica Ursuleac (de etnia rumana, pero desde niña en la última Austria imperial, nacida en Chernivtsí, Rutenia, en la actual Ucrania, y esposa de Clemens Krauss), simboliza a la ópera, y es incapaz de decidirse entre la música y la poesía, vacilación que aprovechan el poeta Olivier (Hans Hotter, barítono wagneriano enorme), y el músico Flamand (Horst Taubmann, tenor dramático) para manifestar su amor por aquélla, reclamando la respectiva importancia de su labor en la creación de un espectáculo operístico.

La ocasión escénica es el cumpleaños de la condesa, quien resulta una apasionada de la música, mientras que su hermano, el conde (Walter Hofermeyer), prefiere la poesía y sobre todo prefiere a Clairon (Hildegard Ranczak), una famosa actriz. Con ellos se encuentra un empresario, La Roche (Georg Hann, bajo bufo), quien evidentemente considera que lo más importante en la ópera es el espectáculo y la grandiosidad de la puesta en escena. Cuando la condesa oye el soneto de Olivier que ha musicado Flamand, encarga que ambos compongan una ópera conjuntamente y sea relato de los hechos que han sucedido ese día. La preferencia final es una incógnita, ya que Madeleine se siente incapaz de decidirse entre el poeta y el compositor, o lo que es lo mismo, entre la música y la poesía.

El problema fundamental de la ópera, de la importancia relativa de la poesía y de la música, que interesó vivamente a Strauss como a muchos otros grandes compositores, se resuelve con una partitura que deja ejercer su primacía a la palabra para anunciar cosas decisivas, y resalta la música donde la atmósfera creada es lo más importante.

Si hubiera asistido al estreno Joseph Goebbels, íntimo amigo de Krauss, lo verosímil es que hubiera trascendido. Tampoco asistiría el Dr. Hans Frank, el König von Polen, no por cruel supresor de la identidad cultural polaca y genocida del pueblo judío, menos enamorado de la música, a quien Strauss dedicaría en 1943 una obra: desde 24 de agosto Hitler había desposeído a Frank de todos sus cargos políticos fuera del Gobierno General -para el que el Führer no aceptó su dimisión-, y tenía un inspector de las SS para evaluar su gestión, y difícilmente podría alejarse de Cracovia. Sin embargo, imagino una buena cohorte de siniestros uniformados haciéndose presentes ante un exponente de la gran cultura germánica.

Esa noche había comenzado el principio del fin en Stalingrado, lo que ya avanzaba el rechazo el 21 de octubre del segundo asalto alemán sobre Moscú, y cuando, al de dos días, se produce el bombardeo de Kiel por la RAF. La batalla más sangrienta de la historia de la humanidad, con más de dos millones de bajas, había instalado entonces la Rattenkrieg (‘guerra de ratas’), en que se pugnaba hombre a hombre, ruina por ruina de la ciudad, en medio de la pestilencia de miles de cadáveres pudriéndose en las calles.

Y a pesar de lograr controlar la Wehrmacht la mayor parte de Stalingrado, nunca acabaron de aniquilar a los últimos defensores soviéticos que se aferraban tenazmente a la orilla oeste del río Volga, divisoria de la devastación en dos. Al de pocos días se inició una gran contraofensiva soviética que embolsó al 6º Ejército Alemán del general Friedrich Paulus dentro de Stalingrado, sin que pudiera salir 250.000 soldados del hielo, hambre e infecciones, por la negativa de Hitler a renunciar a la toma de la ciudad, rindiéndose contra las órdenes de Hitler, en febrero de 1943, sin que nunca más hubiera una victoria estratégica en el frente oriental de las tropas alemanas, y confirmando la locura logística de abastecimiento como para mantener una ofensiva en un frente que se extendía desde el mar Negro hasta el océano Ártico.

Es fascinante que una ópera que el propio Strauss opinó que era “tal vez sólo un manjar para sibaritas culturales” se diera a luz como despedida sentimental de Strauss y despertara júbilo en su estreno, al mismo tiempo que el irracionalismo nazi, éste que precisamente había dado sus primeros pasos décadas antes en el mismo lugar, e iba a encontrar su punto de inflexión en la orgía de sangre derramada, de frío y de consunción de Stalingrado.

¿Cómo pudo, en medio de la hecatombe, celebrarse con el delicioso sexteto de cuerda inicial, de una vistosa instrumentación, para un tema de conversación metateatral, tan straussiano, y que ya se había ejecutado en la villa de Baldur von Schirach, el Gauleiter de Viena -arrepentido, junto con Albert Speer, en el juicio de Nuremberg, y condenado a veinte años de prisión en Spandau-, mientras en Stalingrado el francotirador ruso más popular, Vasili Zaitsev, un campesino procedente de los Urales, y el mejor francotirador germano, el austríaco Heinz Thorval, mantenían un duelo durante días, como pistoleros del Salvaje Oeste, entre los desechos de la ciudad?.

¿Cómo pudo tener un éxito que se prolonga en la historia de la ópera -¡se representó en Dresde y en Viena en 1944!- una sonrisa irónica musical, como la de la serenata para trompa que precede a la última aparición de la condesa, melodía a la luz de la luna que proviene del ciclo de Strauss de canciones satíricas Krämerspiegel de 1918, el epígono del neorromanticismo, mientras en Stalingrado las divisiones de infantería alemanas excavaban cuevas artificiales para prepararse para el más crudo invierno, y enterraban sus andrajos bajo tierra con uno de sus extremos por encima de la superficie para que salieran los piojos y se concentraran en ese extremo, y entonces se los pudiera eliminar aplicándoles un lanzallamas?

Tal vez, la quintaesencia de lo humano, esa convivencia de lo espiritualmente excelso con lo materialmente brutal, significó un ejemplo de la única fórmula de protesta, distante y aristocrática, frente al delirio hitleriano. 

Strauss en su casa de Garmisch-Partenkirchen en el año 1938
Strauss en su casa de Garmisch-Partenkirchen en el año 1938

Strauss, que aparece en la foto de 1938 en su casa de Garmisch-Partenkirchen, fue impulsor del régimen moderno de derechos de autor, compartiendo las ganancias con los editores, ganó mucho dinero, y tuvo previsto retirarse a los cincuenta años, dejando la dirección de orquesta y dedicándose sólo a componer. Pero este proyecto coincidió con el estallido de la I Guerra Mundial y al acabar ésta Strauss había perdido una gran cantidad de dinero que tenía invertida en Inglaterra, por lo que siguió dirigiendo hasta los años treinta.

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