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Edorta Etxarandio

-FIN DE FIESTA EN EL GRAN HOTEL DEL LAGO BRAIES (y II)-

La parte primera de este post puedes consultarla aquí:

Cuando el ejército alemán había ya accedido a una capitulación parcial en la II Guerra Mundial (aunque los efectos entraban en vigor el 2 de mayo de 1945, y cinco días más tarde vendría la capitulación total), estuvo a punto de acontecer una bárbara tragedia con la eliminación de los Die Prominenten esas celebridades privadas de libertad por el estado nazi. Sin embargo, no aconteció ante la contemplación de un paisaje tan sereno como el del Gran Hotel, en un punto que no resultaba claro entonces si era italiano, y que en poco lo parecía, por el idioma, la arquitectura popular y las tradiciones tirolesas del lugar.

El Seekofel se mira en el espejo esmeralda que surca la barca de remos

Un selecto grupo de personajes odiados por Hitler

La idea del trasiego de los Prominenten, en el delirio de la Alpenfestung del Tirol del Sur, era confinar a estos presos célebres, a fin de tenerlos disponibles para las negociaciones de alto el fuego con los aliados occidentales. Hitler se había negado a sancionar las conversaciones que llevaba a cabo con los ingleses del SS-Obergruppenführer Karl Wolff, el Comandante Supremo de todas las fuerzas de las SS en Italia, reputando prematura una rendición con condiciones.

Ha de tenerse en consideración que lo único que tenían en común todos los Prominenten era haber cosechado la enemiga personal de Hitler y no haber muerto todavía, por distintas razones. Unos eran importantes exclusivamente por parentesco con quien sí pasaron a la historia, había  héroes de la milicia aliada, otros traidores a su patria, entre los alemanes había notorios criminales de guerra, cuya pertenencia a este colectivo, contribuiría a aliviar luego su futuro individual en la RFA, católicos y protestantes, aristócratas y gente sencilla (Wilhelm Visintainer había sido payaso en el Circo Krone, y Paul Bauer era barbero), hombres, mujeres y niños. No hay prueba de que Hitler hubiera decidido mediante instrucciones bajo sigilo que no le sobrevivieran, como las hay de algunos otros “enemigos del Estado”, que habían atentado contra su persona, y sorprendentemente habían continuado con vida (caso de Georg Elser). Pero existen indicios de que se empleara la vida, por contingentes, de los Prominenten como moneda de cambio de condiciones de la inevitable rendición, de modo que, si no se ofrecían éstas, o en caso de duda, la misión fuera una masacre final.

Desde Dachau, a la que ya se acercaban las tropas estadounidenses, los prisioneros fueron deportados en tres grupos los días 17, 24 y 26 de abril de 1945 por un destacamento especial de las SS y el SD al campamento de Reichenau en Innsbruck. El convoy salió de allí el 27 de abril, con 86 guardias, estaba dirigido por el SS-Obersturmführer Edgar Stiller, al mando de un destacamento de la SS-TV, la Totenkopftverbände (Unidades de la Cabeza de la Muerte), de custodia en Dachau, unos 50, y otros 30 de la SS-SD, la Sicherheitsdienst des Reichsführers (Seguridad alemana del Führer), bajo el mando del SS-Untersturmführer Bader, que también pertenecía a la Gestapo. Si los primeros, TV, llevaban el traslado, custodia, y organización, los de la SD parece que eran los que tenían órdenes personales por escrito de Adolf Hitler sobre las vidas de los Prominenten.

Un viaje a un apartado hotel en los Dolomitas

El destino del viaje era nuestro apartado hotel de los Dolomitas, que en esa época estaba cerrado al público. Al llegar al pueblo próximo de Niederdorf o Villabassa, la mañana del día 28, se enteraron de que tres generales alemanes Schlemmer, Jordan y Belovius, se habían instalado con sus colaboradores en el hotel Pragser Wildsee, previsto para alojar a los rehenes, por lo que tuvieron que conformarse con recabar habitaciones de urgencia en el pueblo.

Mientras Stiller buscaba una solución, los guardias no impedían que los prisioneros se movieran por la plaza de Niederdorf. La población del lugar dicen que les mostró simpatía, y en el citado “Hammerstein o el tesón” se cuenta, en palabras de un testigo, el asombro de los lugareños ante un grupo tan heterogéneo: “hombres demacrados con pantalones de general y abrigo de paisano y sombrero de ala ancha; damas con botas altas de soldado, cara de estar muertas de frío y un pañuelo al cuello para protegerse, señores mayores con una mochila roñosa a la espalda”. Los prisioneros fueron alojados en parte en el Hotel Bachmann, así como en la Rectoría, y en parte, en el Ayuntamiento (Rathaus), en la misma plaza, donde estaban los SS-SD, recibiendo la ayuda de un funcionario local, el ingeniero Anton Ducia, que estaba alineado en secreto con el movimiento de resistencia partisano.

Durante la noche, uno de los prisioneros, el teniente coronel británico Jack Churchill, fiel a su condición de comander indómito, partió en secreto hacia el sur para contactar a las fuerzas aliadas en Italia, lo que logró después de varios días de caminata, en Verona.

Unos guardianes ebrios, armados y peligrosos

Debido a las condiciones caóticas en Berlín, casi todos los sistemas de comunicación estaban caídos, y sin órdenes específicas, Stiller no estaba seguro de qué hacer, de modo que la situación se volvió cada vez más tensa. Los guardias de SD y SS-TV padecían el síndrome agudo de la desesperación ya generalizado en la población, puesto que, perteneciendo al cuerpo encargado de los campos de concentración (SS-TV) y a la inteligencia que apoyaba a la Gestapo (SD), y conscientes de las atrocidades en que habían participado, como especialistas, el hundimiento del III Reich era un purgatorio. Y desde él, esperaban el infierno de la justicia de las potencias ocupantes tras la imparable conquista de Alemania. Pretendían eludir esta depresión angustiosa embruteciéndose con alcohol, y la embriaguez tenía una fase de agresividad peligrosa.


En esta foto moderna de Villabassa aparece el Hotel Bachmann, donde se alojaban la mayoría de los Prominenten, a la izquierda la Casa Consistorial, donde se concentraron las SS-TV y SD, y en el centro de la plaza se desplegó el contingente de granaderos de la Wehrmacht, comandado por el capitán von Alvensleben, que dispuso las dos ametralladoras pesadas en el centro, dirigidas a la portada del edificio del Consistorio

El domingo 29 de abril, el coronel Bogislaw von Bonin, que había sido encarcelado por desobedecer a Hitler al autorizar al Grupo de Ejércitos A a que se retiraran de Varsovia en enero de 1945 ante la ofensiva soviética Vístula-Oder, se acercó a la oficina local de enlace de la Wehrmacht en Niederdorf y les pidió que le pusieran en comunicación telefónica con su viejo amigo, el coronel general Heinrich von Vietinghoff, el comandante del Grupo de Ejércitos C con cuartel general en Bolsen. No estaba disponible, puesto que probablemente se hallaría despachando con el representante que enviaba para firmar los términos de la rendición incondicional a los Aliados, desobedeciendo a la superioridad, y que entraría en vigor el 2 de mayo. Sin embargo, von Bonin pudo hablar con el Jefe de Estado Mayor de von Vietinghoff, el general Hans Röttiger, quien también era amigo, y explicarle la situación altamente peligrosa, de unos guardias armados desmoralizados, con órdenes secretas por escrito, y que creían que no tenían nada que perder. Von Vietinghoff llamó dos horas más tarde para decir que enviaría a un oficial de la Wehrmacht y una compañía de infantería para proporcionar la custodia segura de los rehenes.

Mientras tanto, los prisioneros estaban haciendo planes para amotinarse ante los soldados de las SS y SD, que se estaban volviendo cada vez más amenazantes. Anton Ducia se reunió con su colega, el geógrafo Dr. Herbert Thalhammer, el comandante de lugar de la Wehrmacht, teniente coronel von Rehm, y los oficiales de las SS Stiller y Bader. Después de una discusión con Bogislaw von Bonin y el agente del servicio secreto británico Sigismund Payne Best, que hablaba muy bien el alemán, y se había convertido en un portavoz de los prisioneros, Ducia fue al lago Braies para conversar con el general Schlemmer. Este último acordó desalojar el hotel, pero solicitó la orden del coronel general von Vietinghoff por teléfono o por escrito.


En la foto de la terraza del hotel Pragser Wildsee aparece, de uniforme, posando con elegancia, von Bonin, quien se convirtió en prisionero de guerra, y comenzó a trabajar en libertad vigilada como agente de carga en 1947, más tarde para Daimler Benz. En 1952, se unió al “Amt Blank”, oficina predecesora del posterior Ministerio Federal de Defensa, como el jefe de la subdivisión “planificación militar”. Sin embargo, por desavenencias con el gobierno de Adenauer, ya que von Bonin era favorable a una política alemana más independiente, antes de que se estableciera la Bundeswehr alemana, en 1955, y fue remitida su condena, abandonó la carrera militar y se convirtió en periodista. Murió en Lehrte en 1980, a los 72 años. Con el traje oscuro, el Capitan Best, del SIS, quien después de la guerra sería un exitoso hombre de negocios, y publicaría en 1950 el bestseller “The Venlo incident”, y a pesar de que en foto parece esquelético murió en su país a los 93 años en 1978, por tercera vez casado. El individuo con traje claro, que lleva un portafolios, era Franz María Liedig, de la Armada alemana, agente del Abwehr (Servicio de inteligencia militar), pupilo de Canaris, del movimiento secreto de resistencia diplomática antihitleriana. Liedig no fue objeto de desnacificación y estuvo entre los fundadores de la Unión Social Cristiana de Baviera en 1946 y su ejecutivo político hasta 1948. Murió en Munich en 1967, a los 67 años.

Un rescate muy tenso ante las SS

El encargado del rescate de los rehenes fue el capitán de la Wehrmacht Wichard von Alvensleben, quien hizo un viaje de reconocimiento a Niederdorf esa noche, y al llegar, se topó con el Obersturmführer Stiller, entablando conversación con éste, sin revelar la misión que tenía encomendada. Stiller le explicó que le preocupaba, si cedía la autoridad sobre los prisioneros, cómo podría reaccionar su segundo al mando, un SS Untersturmführer de SD, quien decía que su misión era conducir a los prisioneros al lago de Braies y allí fusilarlos. Era la posición de Stiller ambivalente, entre la presión de Bader, y el absurdo de la obediencia ciega, y la aproximación a un salvífico papel de protector de los prisioneros ante Von Alvensleben. Éste regresó a su residencia en Hotel Drei Zinnen en Moos, distrito de Sexten, a unos 17 km al este de Niederdorf para madurar su próximo paso, consciente de que la tutela de los Prominenten no podía demorarse.

Tiene que retenerse, según los mismos apellidos conducen a entender, que los oficiales comprometidos con una salida incruenta de la custodia de los rehenes, pertenecían a la nobleza prusiana, von Bonin, de Brandeburgo, y von Vietinghoff, nacido en Hesse, con origen de Westfalia, militares de carrera. El primero que había recibido entrenamiento de oficiales en la Escuela de Infantería de Dresde, junto con Claus von Stauffenberg, y el segundo, hijo de teniente general de Artillería del I Reich, y von Alvensleben era un latifundista con fincas en Brandeburgo y Pomerania (ahora Polonia occidental). Profundamente cristiano luterano (caballero de la Orden de San Juan, su esposa se había suicidado el 29 de enero antes de arrostrar el asalto de los soldados soviéticos en su mansión de Tankow-Seegenfelde, actual voivodato polaco de Lubusz). Todos ellos consideraban a los SS, y en especial a los SS-TV de los campos de concentración, y los SD asociados a la Gestapo, como quienes no habían dejado de ser unos “matones” del NSDAP, más que soldados de Alemania. Pero el coronel de la Wehrmacht no tenía instrucciones para actuar contra las SS, ni autoridad sobre dicho cuerpo.

Al amanecer del lunes 30 de abril, regresó a Niederdorf con dos de sus hombres, y entonces se entrevistó con un segundo oficial SS, nuevamente sin revelar su misión. Le quedó patente que este era el oficial de SD que aparentaba inquietar a Stiller, y por qué. Bader al principio, no soltaba prenda acerca de los prisioneros, hasta que terminó confesando que sus órdenes solo se cumplirían cuando todos los Prominenten estuvieran muertos. Von Alvensleben no tuvo, entonces, más remedio que descararse, y notificar a Bader que era emisario del Comandante en Jefe del Grupo de Ejércitos C, y que debía considerar cumplidas sus órdenes y su misión terminada. Bader se negó a aceptar órdenes de quien no tenía autoridad sobre las SS y no era su superior, y constándole a él instrucciones escritas de lo más alto, fuera cierto o no.

Con solo dos hombres a su disposición, von Alvensleben se retiró y rápidamente llamó por radio a su cuartel general de su batallón en Sexten, solicitando que un grupo de asalto fuera enviado a Niederdorf de inmediato. Cuarenta y cinco minutos más tarde, quince suboficiales de la Wehrmacht, armados con ametralladoras, llegaron y se colocaron frente al Ayuntamiento, donde se habían concentrado los destacamentos de las SS. A los Prominenten.  Les comunicó, a través de Best, que no tenían ya nada que temer. Como los guardias tenían superioridad numérica, y no cejaban, von Alvensleben convocó la mayor fuerza próxima, que tenía en Toblach (Dobiacco). Dos horas más tarde, 150 hombres de un batallón de entrenamiento de infantería llegaron y colocaron dos ametralladoras pesadas en la plaza frente a la sede de las SS. Von Alvensleben ordenó a Stiller y Bader que permanecieran en el Ayuntamiento con sus hombres.

Pero aquéllos, el segundo más fanatizado y presionando al primero, insistieron en que carecía de autoridad el capitán de la Wehrmacht. Fue al recabar por teléfono von Alvensleben una autorización de sus superiores, en la sede de Bolsen, a fin de hacer deponer las armas a los destacamentos de SS que pudo concitarse la buena fortuna de que, al recibir la llamada el general Röttiger en el cuartel general del Grupo de Ejércitos C, a su lado se encontrara el SS-Obergruppenführer Karl Wolff, el Comandante Supremo de todas las fuerzas de las SS en Italia.

Tomando el teléfono, ordenó que se hiciera retirar a los destacamentos SS y SD. En realidad, no es de extrañar, puesto que el artífice de la rendición de las fuerzas alemanas en Italia a los Aliados (a los americanos e ingleses, no a soviéticos ni partisanos) era Karl Wolff. Este llevaba semanas negociando a espaldas de Hitler, puesto que von Veitinghoff había sido cesado por Kesselring por firmar la rendición, aunque a la postre fuera eficaz al mediodía del 2 de mayo de 1945. Claro que Stiller y Bader no habían oído directamente la orden de Wolff, y no llegó a abrirse el fuego entre combatientes alemanes, cuando Bader y Stiller salieron del ayuntamiento e intentaron abrirse paso con un vehículo, por la firmeza de von Alvensleben, y la percepción de los guardias SD de la superioridad de las ametralladoras pesadas a que se enfrentarían, y que los suboficiales de infantería estaban prevenidos para utilizar.

Finalmente, los guardias SS-TV y SD dejaron sus armas, y se les permitió salir de la aldea en un autobús y en un camión en dirección al Paso de Brenner, perdiéndoseles la pista. El SS Obersturmführer Stiller, quien se había mostrado estudiadamente vacilante, quería quedarse con algunos de sus hombres, pero fue rechazado. De Stiller se sabe que fue juzgado y condenado en 1951, pero de Bader no hay buena noticia.


Wirchard von Alvensleben no era militar de profesión, y en el otoño de 1945 fue liberado de la custodia estadounidense, aunque su casa y fincas habían sido incautadas y formaban parte de la nueva Polonia. Comenzó a trabajar como operador de transporte en una refinería de azúcar en Nörten-Hardenberg, pero volvió a casarse con otra viuda de guerra, de la nobleza de Hölstein (viuda del general von Brockdorff-Ahlefeldt), y pudo volver a su estatus de empresario agricultor en 1952, como administrador de la finca conyugal von Brockdorff Ascheberg cerca de Plön. Siempre implicado en organizaciones cristianas de la Iglesia Luterana, se retiró en 1974 y murió el 14 de agosto de 1982, con 80 años, en su mansión (ahora es hotel con encanto y restaurante). Nada qué ver directamente con “Don Ludolfo”, el ejemplo de la otra Alemania, en una familia de la nobleza de Sajonia, el famoso mayor general SS Ludolf von Alvensleben, autor de crímenes contra la humanidad y otros convencionales, y que escapó del campo de prisioneros Neuengamme de Hamburgo en 1946, y en 1949 logró viajar hacia Argentina, donde fue protegido por Perón, residiendo en Buenos Aires, después en la zona de Villa María, y pasando por Villa General Belgrano, fue a instalarse en Santa Rosa de Calamuchita, donde logró una importante inserción social, hasta el punto de ejercer como concejal de la localidad, muriendo el mismo día en que cumplía 69 años

Nuevos guardianes, nuevo hotel

La Wehrmacht escoltó a los Prominenten a su destino original. Los generales ocupantes y su personal se habían trasladado al Klammschlössl, entre Toblach y Sexten (otro paraje bello), y ahora el hotel Pragser Wildsee estaba disponible.

Algunos de los rehenes habían desaparecido, pero la mayoría eligió quedarse en el hotel bajo la protección de la Wehrmacht. El peligro era cierto, proveniente de los desertores alemanes, los nazis fanáticos que continuaban la lucha, y las bandas merodeadoras de partisanos italianos (los siete internos especiales italianos no pasaron al hotel, sino que se quedaron en Niederdorf, donde se habían unido a los partisanos, quienes tenían la intención de llevar a las celebridades a su sede en Cortina d´Ampezzo, a 40 km al sur, para saldar cuentas con algunos de ellos). Los prisioneros liberados tomaron sus habitaciones y organizaron lo esencial con la amable Emma Heiss-Hellensteiner, que ya he mencionado. Se oró a la tarde en la capilla privada del hotel, construida en 1904, y esa noche fue transmitido por radio que Adolf Hitler estaba muerto, sin que las circunstancias de su suicidio en la Cancillería del Reich se conocieron hasta mucho más tarde.

Los Prominenten se levantaron ese primero de mayo de 1945 formalmente libres y físicamente protegidos por unos 80 efectivos del ejército alemán, todavía beligerante, y al abrir las ventanas de sus habitaciones, por lo menos los que tenían vistas al lago, contemplaron un paisaje pacífico y hermoso.

En la imagen, el gran hotel, con la playa del lago, en la que se puede apreciar la cabaña de las barcas a la derecha
La fotografía sería la vista del lago desde la misma playa, a la derecha de la cabaña de las barcas, enfrente de la terraza del hotel

Llega la US ARMY al rescate

Entre los que no se resignaban a esperar, el gran escaper, Harry “Wings” Day, junto con Anton Ducia, el intendente tirolés, partisano “legal”, que había organizado el alojamiento de rehenes en Niederdorf, abandonaron el hotel el 1 de mayo para dirigirse a la línea del frente de los estadounidenses, con el fin de requerirles para la definitiva misión de rescate. Day y su compañero finalmente cruzaron las líneas del V Ejército USA el 3 de mayo, cuando todas las fuerzas alemanas en Italia ya se habían rendido. El primer contacto del día fue con elementos de la 88ª División USA, pero no estaban en condiciones de rescate, ya que estaban a casi 200 km del Pragser Wildsee. Aunque pudieron cursar mensaje al 339º Regimiento de Infantería de la 85ª División, comandado por el capitán John Atwell, que había alcanzado su último objetivo en San Cándido (cerca del castillo en que se habían refugiado los generales evacuados del Pragser Wildsee) media hora después de la medianoche del 3 de mayo, a solo 21 km del hotel. Recibieron órdenes inmediatas de enviar una “patrulla de combate fuerte” para rescatar a los rehenes.

La mañana temprano del viernes 4 de mayo de 1945, dos días después de la rendición parcial alemana, la vanguardia de soldados estadounidenses llegó al lago de Braies. Al mando, los tenientes Melvin A. Ashe y Charles Anderson, junto con voluntarios partisanos de Cortina, y vinieron con partidarios italianos. Un poco más tarde, el resto de la S-Company del 2° Batallón del 339° Regimiento, con camiones, jeeps y vehículos blindados.

Los centinelas de la Wehrmacht vislumbraron los soldados de infantería estadounidense en la media luz del amanecer, y aunque éstos se pusieron en tensión, al ignorar cómo reaccionarían los alemanes, puesto que a pesar de la capitulación eran abundantes las escaramuzas violentas, al percatarse los soldados que eran americanos, dejaron sus armas y se rindieron, como tenían instruido por von Alvensleben. Los alemanes fueron desarmados, y capturados como prisioneros de guerra, y se exigió a los partisanos que abandonaran la zona. Ese fin de semana, disfrutaron los liberados en el hotel Pagser Wildesee de la emoción de un fin de la pesadilla, en general bastante falso.


Fotografía desde la playa del lago de la terraza del hotel de Braies el 4 de mayo de 1945, en que el fotógrafo militar estadounidense capta al grupo heterogéneo de hombres, mujeres, y una niña en brazos, de paisano y con prendas de la milicia de distintos países, al tibio sol de la primera primavera, en que pasaron a la jurisdicción del ejército aliado

Prisioneros liberados sin libertad y el inicio de la diáspora

Los Prominenten habían sido liberados oficiosamente por la Wehrmacht del brazo policial de Hitler, el mismo día que éste hacía su vergonzante mutis del planeta, quedando en custodia para su seguridad en nuestro fantástico hotel. Pero cuando fueron oficialmente liberados por el Ejército USA, en realidad, pasaron a una nueva privación de libertad, que en algunos casos duró un tiempo innecesariamente largo, y en otros no terminó nunca.

El martes 8 de mayo de 1945, la II Guerra Mundial terminó debido a la rendición alemana. Pero fue entonces cuando los estadounidenses transportaron un primer grupo de los ex prisioneros especiales y del kin punishment desde el lago de Braies a Verona, 250 km; el jueves 10 de mayo un segundo grupo; y desde Verona, luego en avión, volaron 700 km a Nápoles, donde en el aeropuerto de Capodichino, se encontraba la base aérea militar de la época. En Nápoles se discriminaron por nacionalidad.

Los nacionales de los estados del Eje, alemanes, austriacos, checoslovacos, y húngaros, así como el sueco Carl S. Edquist fueron llevados a la isla de Capri, y la mayoría de ellos fueron alojados en un Hotel Eden Paradiso, en Anacapri. Otro hotel en un marco incomparable, que tiene su historia. Los ex prisioneros de las otras doce naciones fueron devueltos al uso militar, si lo tenían, a los rusos y ucranianos al Ejército Rojo (lo que equivalía a su sentencia de muerte), y a los civiles se les permitió viajar a casa.

Los alemanes con un papel evidente en el III Reich, así los militares, el príncipe Philipp von Hessen, Hjalmar Schacht, o Fritz Thyssen, fueron devueltos de Capri a Nápoles. Se les encarceló y todos fueron juzgados por los Aliados o por la RDA, en diferentes fechas, y condenados a diversas penas benignas, excepto quien más méritos acumulaba en el crimen de lesa humanidad, el general Georg Thomas, quien murió antes, en diciembre de 1946. Hjalmar Schacht, ministro de economía de Hitler hasta 1940 y sin cartera hasta 1943, fue acusado por los Aliados en Nuremberg como criminal de guerra, pero absuelto en otoño de 1946, nuevamente juzgado por la RDA en 1952, fue condenado a 8 años de trabajos forzados, que no llegó a cumplir, y volvió a ser banquero hasta morir con 93 años en 1970.

Los otros alemanes, hombres, mujeres y niños, que no habían desenvuelto ninguna conducta relevante en el régimen nazi, y eran opositores o familiares de opositores, incomprensiblemente tuvieron que seguir esperando a Capri. La mayoría de los prisioneros por pertenencia al clan de los partícipes en el fallido complot contra Hitler, fueron transportados el 16 de junio a Frankfurt am Main, donde se les internó en varios hoteles. El pastor Martin Niemöller, que había estado en huelga de hambre durante tres días en protesta, fue evacuado el 26 de junio a Múnich, desde donde pudo viajar a casa. Otros esperaron aún más, como Hermann Pünder y Graf von Plettenberg-Lenhausen, quienes solo fueron llevados a su hogar en Westfalia en jeep el 27 de julio de 1945.

Como se dijo en al principio, este episodio histórico, en que, al borde la guerra y en tierra fronteriza, se encararon “dos alemanias” para evitar una tragedia absurda, solo es uno de los que evoca el paisaje mágico desde el Hotel de Braies.

Los otros justifican más visitas, aunque sean estas virtuales.

Este rincón de los Dolomitas ha servido, por su belleza incontaminada, para filmar otra clase de episodios, más triviales, como por ejemplo de una serie de la RAI 1, que han pasado hace unos años por la Dos de RTVE. En la misma, los crímenes que de modo inverosímil se repiten en esta zona para la Guardia Forestal de Trentino-Alto Adigio son de ficción. Con lo que pongo punto final con afán de distensión y de vuelta a la relajación de las aguas esmeraldas que reflejan los picos “a un paso del cielo”.


El cliché publicitario es de la playa del lago de Braies, aunque el fondo está trucado. El protagonista de la serie es el veternao, pero muy bien conservado, Terence Hill, veneciano famoso desde los spaghetti westerns con Bud Spencer, “Le llamaban Trinidad” etcétera. Su rol es jefe de equipo del Cuerpo Forestal de San Cándido (donde el Klammschlössl), quien era una leyenda de la montaña, escalador capaz de conquistar los picos más difíciles, hasta el trágico accidente de su mujer, que murió durante una escalada. Desde entonces se ha retirado a las montañas para recuperar la paz y encontrarse a sí mismo. Colabora con el ayudante de la comisaría de Policía en la resolución de crímenes y casos sin aparente solución, a pesar de la oposición del comisario, un napolitano transferido a San Cándido (tópico “bienvenido al norte”). Para quienes compartan el amor por la Ópera, atención a la señora con vestido tradicional, al lado del perro, Husky tirolés: es la gran soprano Katia Ricciarelli, por lo que termino con el siguiente enlace para escuchar su “Vissi d´arte”

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