Saltar al contenido
Edorta Etxarandio

-EL ANTROPOCENO: LA ÚLTIMA Y FUGAZ ERA GEOLÓGICA-

Pioneers_Defense_Drill_Leningrad_USSR_1937_Photographer_Viktor_Bulla

En la Serendipia del Homo Sapiens desenvolvía el papel del azar en la dominación del planeta por el ser humano moderno, en lo que tuvo una contribución fundamental el cambio climático inesperado, que sucesivamente puso a prueba la capacidad de resistencia de los grupos de innovadores de la especie en los márgenes del hábitat tradicional y más propicio.

En la clásica división de eras y épocas geológicas nos hallamos en el Holoceno, edad posterior al Pleistoceno, de la era Cuaternaria o Antropozoica, que comenzó después de que finalizara el evento de enfriamiento del Dryas Reciente, a partir del cual las temperaturas se hacen más suaves. Desde el punto de vista cultural coincide con el Neolítico, la primera revolución humana, que generó la sociedad del sedentarismo, la agricultura, la domesticación de animales, e instauró la alteración humana del medioambiente, para continuar con el tratamiento de los metales, y la generación del gobierno aristocrático del binomio Rey-Sacerdote.

El Óptimo Climático del Holoceno fue un período cálido que se produjo durante el intervalo comprendido aproximadamente entre 9000 y 5000 años atrás. Para una gran parte de la comunidad científica, la Revolución Industrial, la segunda gran revolución humana, a mediados del siglo XIX, dio paso a la edad geológica del Antropoceno, caracterizada por la seriedad del impacto del ser humano sobre la Tierra, por la profundidad de la huella medioambiental humana.


Recuperamos una imagen de la selva subtropical húmeda africana, de donde procedieron los hominidos, como testimonio de lo que es el segundo pulmón del planeta, después de la Amazonía, y antes de las islas de Indonesia, aquélla que hasta hace ciento cincuenta años permanecía inalterada desde la era Terciaria

Los cambios en el planeta Tierra

La Tierra ha experimentado episodios de calentamiento y enfriamiento en otras ocasiones de forma natural o accidental, pero con ciclos mucho más lentos, necesitando cientos de miles de años, mientras que ahora y como consecuencia de la actividad humana, se produce un cambio climático, que es todo menos inesperado, y en que se conseguirá en 250 años lo que en otras ancianas épocas supuso extinción masiva de animales y plantas (incluida la extinción de todas las demás especies del género homo).

La causa del cambio climático es el calentamiento global, y éste se produce por la emisión de gases de efecto invernadero a la atmósfera, que son el CO2, el protóxido de nitrógeno (N2O), el metano (CH4), y los gases fluorados, HFC, PFC, CFC, SF3 y SF6. El efecto invernadero es un proceso natural que permite a la Tierra mantener las condiciones necesarias para albergar nuestra vida, al retener parte del calor del Sol, de modo que no sea un planeta helado, lo cual se consigue mediante una atmósfera compuesta por diversos gases retenidos en su proporción adecuada, como si fuera un invernadero, de los que luego han ideado la mujer y el hombre para domesticar las plantas.

La actividad humana ha aumentado la emisión de gases, elevando el porcentaje de algunos (CO2, N2O y CH4), y generando otros inexistentes hasta finales del siglo XX (fluorados), potenciando el efecto invernadero, con lo que la atmósfera retiene más calor del conveniente, y esa subida de temperatura del planeta se denomina calentamiento global. Es global pero no uniforme, puesto que los vientos y las corrientes oceánicas mueven el calor alrededor del globo de modo que pueden enfriar algunas zonas, calentar otras y cambiar la cantidad de lluvia y de nieve que cae.

Al ritmo actual el aumento será de 1,5ºC entre 2030 y 2052, según el IPCC (Intergovernmental Panel on Climate Change), aunque el objetivo de +2ºC es lo aceptado en el Acuerdo de París, y mantenido por la COP25 (abreviatura informal de la Conference of the Parties, que es sobre la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático), que el pasado año se celebró en Madrid.

Las consecuencias reales del cambio climático en el siglo XXI, como todo el asunto de la transición energética (cuando el calentamiento global, más que una transición quiere un transformación radical y rápida), o la tercera revolución tecnológica (después de la máquina de vapor y del petróleo), conceptos que han llegado a tener marchamo oficial, no están en predicciones unánimes. El IPCC, como se pueden consultar sus informes en su sitio web, declara que al ritmo de emisiones, sin contención drástica, de CO2, podría acabar en 2100 con aumentos entre 3,7ºC y otros cálculos más pesimistas del 4,8ºC respecto del periodo 1986-2005, y con ello, hasta tres cuartas partes de la humanidad pudieran ser víctimas de olas de calor letales. Pero las zonas del planeta más afectadas serían las regiones tropicales húmedas, y no está claro qué significa una ola de calor letal en términos de bajas humanas, habida cuenta de los episodios ya experimentados en los últimos veranos. En cualquier caso, las economías más emisoras de CO2, de EE.UU., China e India, no suscriben los objetivos del COP25.


“El simulacro de defensa de los pioneros de Leningrado” es el título de esta fotografía mítica de 1937 de Viktor Bulla, fotoperiodista de origen prusiano, que fue el cronista gráfico de la Revolución Soviética. La imagen es sobrecogedora, y si está referenciada a una guerra convencional con empleo de gases, es profética para los colapsólogos. Después del asesinato de Serguéi Kirov su posición empeoró. En 1936 fue despedido del cargo de jefe de la agencia, y se le prohibió hacer trabajo artístico. En el 1938 fue arrestado como enemigo del pueblo, exiliado a Siberia, condenado a 10 años de exilio y ejecutado en octubre de 1938

Suma de estragos para nuestro planeta

Pero el calentamiento global, con ser directamente homicida por sofocación, no es el único estrago de la Tierra, sino que hay que agregar:

  1. La contaminación del aire.
  2. La falta de agua potable y la desertificación.
  3. El deshielo de los Polos y de los glaciares, y el aumento del nivel del mar.
  4. El deshielo del permafrost.
  5. La ganadería industrial y el cultivo de los suelos destinado a alimentar animales.
  6. La deforestación, especialmente de las selvas primarias de la Amazonía, Indonesia y el Congo.
  7. La destrucción de los sumideros naturales de carbono.
  8. La lluvia ácida.
  9. La salinización y empobrecimiento del suelo.
  10. La contaminación de las aguas y de los suelos (manantiales, capas freáticas, y de mar) por pesticidas y metales pesados.
  11. La toxicidad en frutas, verduras y cereales.
  12. La Toxicidad del pescado por plomo, mercurio, arsénico y estroncio.
  13. La invasión del plástico de los mares, e infiltración de peces y aves, y humanos.
  14. El agotamiento de minerales, hidrocarburos y demás materiales.

Todos son gravísimos procesos, cada cual merecedor de un extenso comentario, que provienen, no de la alteración del medioambiente iniciada con el Neolítico, sino de la alteración avasalladora de la máquina de vapor y de la industria de energía fósil, para nada moderada por la revolución tecnológica de finales del siglo XX. Su consideración, como problemas interrelacionados, padece una combinación de inexactitud, exceso de información, y disfraz o simple falacia, sugerido por fuentes interesadas de lobbies evidentes, y el resultado de ello, para la minoría que se preocupa, es una variedad de reacciones, que me atrevo a catalogar:

  • A) Tenemos, por supuesto, el negacionismo, basado en la noción de business as usual. Por supuesto, no se niega que los combustibles fósiles sean limitados, pero no tan escasos como se cuenta, existe la solución mediante los avances del reciclaje de materiales, y se confía en las energías renovables. Por lo demás, se cree en la neutralización natural de los efectos de la emisión de carbono, según se dice que ha ocurrido desde hace miles de años. Los climatoescépticos no creen en la extinción de la vida humana, por simple cuestión de número, por lo menos en las zonas templadas del Primer Mundo.
  • B ) Hay un colectivo de supervivencialistas, quienes asumen una catástrofe inminente que acabará con los seres humanos por no respetar el medioambiente, y enfrentan el destino del planeta individualmente, en familias, o en pequeñas colectividades, mediante el retorno a sociedad de sobrevivencia primitiva, autárquica, y en comunión con la naturaleza. Las variantes van desde la secta religiosa, pasando por los modelos de pioneros o de “arca de Noé”, hasta los neumalthusianos, y los millonarios absurdos que se construyen un búnker debajo de su mansión.
  • C) Luego están los colapsólogos, por utilizar el término del Petit manuel de collapsologie de Pablo Servigne y Raphaël Stevens, convencidos del hundimiento del planeta, y que simplemente reputan estúpidos, tanto a quienes lo niegan, como a quienes creen poder salvarse con un retorno a la Edad Media. Tiene dos variantes, la de quienes desarrollan con detalle el colapso, como aldabonazo en la conciencia “si no se hace nada”, pero que lo entienden remediable o eludible, si se hace algo serio con urgencia; y la de quienes plantean medidas para reducir y retrasar el colapso (“l’effondrement”), pero que lo conciben inevitable.
  • D) Y probablemente los más corrientes son los activistas, los concienciados de la conmoción global en marcha y de efectos extintivos acechantes, pero quienes están dispuestos a seleccionar las acciones que, si se adoptan a corto plazo, salvarán la humanidad.

La doble vertiente de las acciones de los activistas

  1. La exigencia al poder público de los estados, a través de las elecciones, de las políticas verdes, de preservación del medioambiente, mediante la restricción aguda de la emisión de gases de efecto invernadero, la prohibición de agentes contaminantes que se liberan en la naturaleza, y contra la sobreexplotación de los recursos naturales por la agricultura y ganadería industriales.
  1. La conducta particular de cada persona, como fórmula de modificar los mercados (alimentación, electrodomésticos, movilidad,…), reducir la emisión de CO2, ahorrar energía, escatimar el agua, etcétera (lo cual también es eficiente en el capítulo de salud corporal).

Por pura lógica, al asegurar las señales del colapso en la próxima década, pero el desenlace al final del siglo, el filón de los ecologistas esperanzados está entre los jóvenes -exponente llamativo Greta Thunberg-, quienes tendrán que pagar la factura, mientras que la gente mayor pertenecemos a la mayoría de los despreocupados, quienes hemos admitido los excesos que se facturan. Los preocupados no adoptamos posturas alarmadas, ni de colapsología ni de activismo.


El Hollywood Sign desde detrás de la colinas, convertidas en un desierto de tierra quemada, y desaparecidos West Hollywood y Santa Monica Boulevard entre eriales pedregosos

La catástrofe obviamente se ha asociado con la crisis del Covid-19, ligando el desequilibrio medioambiental con el riesgo de desmoronamiento de los sistemas de salud por la pandemia y con un giro autoritario de los gobiernos con medidas de excepción, como Luca Paltinieri, y su tesis del apocalipsis diferenciado, es decir, el que se revela histórica y socialmente estratificado según las posiciones de clase y las relaciones jerárquicas que estructuran la sociedad.

El apocalipsis propiamente es el final del progreso

O el final de la idea de que nuestros hijos tendrán una vida, en un sentido material y social, mejor que la nuestra. El modelo capitalista, que en este plano no es diferente a lo que fue el soviético o es el chino, optó por la transición demográfica, de un régimen de alta natalidad y muerte a un régimen de baja natalidad y muerte, que después de la última hecatombe poblacional de la II Guerra Mundial, supuso extraer de la miseria a mil millones de chinos, indios, brasileños o mexicanos, pero como no podemos renunciar a cierta forma de vida,  asumimos, con lo que los juristas conocemos por barrera entre el dolo eventual y la culpa consciente, la condena a una gran parte de la humanidad (unos 2.000 millones en los próximos 30 años, según estimaciones probablemente pesimistas) a una muerte violenta.

Pero el colapso no acontecerá en todos los lugares de la misma manera, y ya está aconteciendo, no es repentino, sino que es un proceso paulatino, pero sensible, que combina política, ecología y territorio, y ciertos estados de ciertas regiones del planeta, no podrán cubrir las necesidades básicas (agua, alimento, salud, calefacción) de buena parte de la población. Es el apocalipsis diferenciado: según nacionalidad y grupo social.

La respuesta diferenciada ante la aparición del SARS-CoV-2

  1. El método biopolítico chino de sociedad postapocalíptica, de planificación del crecimiento económico, control disciplinario antidemocrático, y protección universal social y de la salud. Su ambición es el liderazgo como potencia, compartida por el pueblo.
  1. El método europeo de sociedad capaz de eludir el apocalipsis, que quiere ser de libertad y democracia, con un sistema de protección social y de salud declinante, “adelgazado” por políticas neoliberales para una población muy envejecida. En realidad, rechaza la biopolítica. Y como los circuitos globalizados son en los que viajan la libertad y el virus de la pandemia, los estados han acudido a la norma de excepción, a raptos de autoritarismo, nada populares (Giorgio Agamben, Jean-Luc Nancy,  Roberto Esposito).

El último informe del IPCC sostiene que la única manera de salvar al planeta es lograr el objetivo para 2030 de la reducción del 45% de emisión de carbono a la atmósfera, y que sea del 0% en 2052, siendo que no es el CO2 el único gas de efecto invernadero, y teniendo en cuenta el tiempo de permanencia de los gases. Ni el calentamiento global es el único atentado contra la naturaleza, ni integra este cálculo la emisión de metano por el deshielo del permafrost. Y el caso es que las emisiones de gases de efecto invernadero solo son del 32% en la industria, cuando la ganadería, agricultura y deforestación acarrean el 25%

Entre los simplemente conscientes y preocupados por la destrucción de las condiciones para la vida por los 14 procesos enumerados, el primer problema es el nivel de conciencia que, en general, podemos tener. Los datos que se repiten: los veranos tórridos, los osos polares que ingresan a las aldeas rusas, la desaparición ciertas islas, la muerte de las abejas, el mosquito tigre del denge en Europa, etcétera, padecen una disonancia cognitiva, concepto de psicología que alude a los mecanismos de defensa mental que ayudan a que nuestras actitudes y conductas sean coherentes y se adapten a nuestras creencias.

Un planeta extenuado

Algo tan creíble como que los materiales naturales se agotan, y por ejemplo, no habrá plata nueva, ni antimonio, a partir de 2022; ni cromo, ni oro, ni zinc, ni indio, ni neodimio, ni estroncio desde 2025; no habrá más estaño, plomo, diamante, helio o cobre a partir del fechas entre 2028 y 2039; no habrá de dónde obtener uranio, ni el escandio con el que se refuerza el aluminio en 2040; y el petróleo y el litio no podrán extraerse a partir de 2050. Otros materiales tienen más reservas accesibles, como el mercurio, grafito, manganeso, gas natural, aluminio, cobalto, carbón, pero todo se acabará antes de la mitad del siglo XXII, y ello si sigue habiendo energía para despilfarrar en alcanzar profundidades cada vez mayores en la tierra. Pero siempre hay posibilidad de disonancia, y hay quien habla en serio de arenas bituminosas y petróleo de esquisto como sustitutivos de hidrocarburos fósiles. Siempre hay soluciones tecnológicas viables para una crisis, que es constantemente venidera, pero que ya está aquí.

Por un lado, está el capitalismo verde, como conjunto de medidas rápidas y decisivas, que no graduales y moderadas, a favor de las que debiéramos aupar al poder al partido que las defienda. La libertad de elección y la sostenibilidad global.

Aunque no tiene sentido el capitalismo verde en un solo país, como no le tenía cuando se hablaba en su día del socialismo real, o se sigue hablando de la liberalización del mercado de estupefacientes. Si el 70% de la emisión de gases de efecto invernadero es CO2, y el 16% el protóxido de nitrógeno, y los países más emisores son China, seguida de Estados Unidos, y de la India, ¿De qué sirve votar a un partido verde en término globales, cuando los gobernantes de estos grandes países contaminantes no admiten los objetivos del COP25? ¿De qué sirve preservar el bosque de frondosas autóctonas en Europa si se esquilma la Amazonía?

En la biopolítica china y en el climatoescepticismo de Trump en Norteamérica o Bolsonaro en Brasil, se acude al nacionalismo y al síndrome de Arca de Noé, prometiendo a los ciudadanos del estado la superación de la crisis, aislándose de los extraños dentro del buque acorazado de muros físicos y comerciales, en la indicada idea de apocalipsis diferenciado. Negando a la inmigración la libertad que se predica para los nacionales correligionarios, negocian (en China, imponen; y los citados de las democracias formales solo son los más explícitos) las condiciones de superación de lo “realista”, que nada más es una fuerte crisis, con las clases que pueden pagarlo, manteniendo más allá del límite de su tiempo las políticas de crecimiento que, a nivel mundial, son una locura, y hunden en el colapso, que se tilda de “alarmista”, a dos terceras partes de la humanidad.


En Europa y Asia Central no son las partes del planeta que primero y más profundamente experimentarán la sofocación del cambio climático, y en la región han disminuido en los últimos diez años. Y obviamente la pérdida de la biodiversidad se conocía hace una década, el 42% de la fauna terrestre y de las plantas, el 71% de los peces y el 60% de los anfibios, siendo la primera causa la agricultura intensiva, que conlleva sobreexplotación forestal y uso de pesticidas y abonos artificiales. Así, se consumen más recursos renovables que los que se producen, obligándose a importarlos masivamente desde otras zonas del mundo. Hay tendencia a penar que la extinción de los dinosaurios hace 66 millones de años fue momentánea, pero probablemente el ritmo de desaparición de especies no fue superior al que se experimenta en los últimos dos siglos

Cambios en nuestras conductas de consumo

Por otro lado, tenemos las conductas de consumo de la gente, que se recomiendan para frenar el colapso, y que imponen sacrificios personales por adoptar alternativas, que:

  1. Bien estudiadas, no dejan de ser peyorativas en alguno de los problemas enunciados.Por ejemplo, el coche eléctrico utiliza baterías de iones de litio, que son contaminantes, y dependen de un material en peligro de agotamiento; su fabricación se realiza con energías no renovables y es enorme emisora de CO2; no dejan de emitir partículas finas procedentes del desgaste de los neumáticos y de las pastillas de freno; y carecen de una red de puntos de recarga homogénea, utilizable por todas las marcas.
  1. Suponen perder en la respetable idea de libertad como crecimiento económico, elección material y propiedad individual, a cambio de poco o nada, si quienes tienen en su mano las políticas globales aparentan ser, o negacionistas o falsos activistas, pero en cualquier caso, no adoptan medidas radicales y rápidas. Por ejemplo, reducir razonablemente el consumo de agua, boicotear el aceite de palma o los biocarburantes o las maderas tropicales, o limitar el uso innecesario de plásticos, son comportamientos correctos en sí mismos, y que no representan grandes privaciones.

Pero otros sacrificios individuales no parece que vayan a prosperar, cuando se tiene claro que lo decisivo depende de medidas biopolíticas globales. No es serio pedir que se reduzca drásticamente el consumo de arroz en China, India y el Sudeste asiático, donde es alimento básico, porque los arrozales son tremendos emisores de metano, cuando este gas tiene una permanencia de 12 años en la atmósfera, mientras que el gas fluo NP3 -trifluoruro de nitrógeno- es 17.000 veces más nocivo que el CO2, y aunque el volumen emitido es muchísimo más pequeño, crece un 11% al año, y está en los paneles solares de nueva generación, en los televisores de pantalla plana, y en las pantallas táctiles de smartphones y tablets. Lo digital emite tantos gases de efecto invernadero como la aviación.

Nadie puede pensar que en Francia, Italia o España se acabe con la cultura del vino de calidad, que puede envejecer, y se vaya a sustituir por el bío, por demás que éste sigue teniendo cobre y azufre, puesto que el mildiu y oídiu no son solo capaces de menguar la cosecha de uva sino que la suprime, cuando no se tiene claro si el 25% de las tierras del hemisferio norte, en Rusia, Canadá, Alaska y Groenlandia, son suelo helado o pergelisuelo o permafrost, al elevarse la temperatura global entre 1,5 y 2ºC, liberará CO2 y metano equivalente a 15 años de emisiones de gases de efecto invernadero actuales.

No es razonable pedir que se reduzca el consumo de carne roja en un 90% en Norteamérica y Europa occidental como fórmula de acabar con la ganadería industrial, puesto que su efecto será el incremento del precio, con lo que será accesible a menos personas, como antaño, y al tiempo, se informa de que el pescado salvaje está saturado de metales pesados, y las frutas y verduras no dejan de estar contaminadas.

En fin, la calefacción individual de leña mediante chimenea abierta es, para quien puede contar con ella, una tradición cultural, y el que se empleen calderas “cerradas”, por no emitir CO2 y partículas, contradice el clásico efecto neutral entre el gas que se emite y el que capta las plantas para crecer, si se no se quema más que la biomasa que se restituye.

Todo parece indicar que se producirá el colapso gradual y anunciado de la vida como la conocemos, que puede ser retardado pero no eludido, y que se producirá por clases, según territorios, sistemas de estado, y poder financiero. Lo que no ha de negar el imperativo de acometer acciones inteligentes, sin disonancia cognitiva, desde el poder, e individuales, en la línea de compatibilizar la libertad de lo que está permitido con el deber de lo que es posible.

El deshielo de los glaciares es un fenómeno que resulta apreciable a simple vista. La foto es del famoso glaciar Perito Moreno, en la Patagonia argentina. En su descenso, a 2 m por día, alcanza el brazo Sur del lago Argentino, con un frente de 5 km de longitud, aflorando sobre el agua con una altura de unos 60 m, forma una represa con las aguas del brazo Rico de dicho lago, lo cual genera un desnivel con respecto al resto del lago de hasta 30 m, y por la presión de esta masa líquida se producen filtraciones en el hielo que crean un túnel con una bóveda de más de 50 m de altura. La foto se tomó el 5 de enero de 2018, y el último derrumbe de esta bóveda, espectáculo natural, que es uno de los mayores atractivos del parque, se produjo el 12 de marzo siguiente

Esta web utiliza cookies propias para su correcto funcionamiento. Al hacer clic en el botón Aceptar, acepta el uso de estas tecnologías y el procesamiento de sus datos para estos propósitos. Ver
Privacidad